SINIESTRO TOTAL: “Policlínico Miserable”

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La vida del estudiante universitario es dura, muy dura. No sólo por las horribles noches anteriores a los exámenes, dedicándose a memorizar los apuntes de un compañero empollón. No, hay cosas aún peores. El estudiante universitario se levanta cada día con el firme propósito de ir a todas las clases y vencer a la Tentación, esa belleza del infierno que no le deja seguir el camino correcto del saber y del conocimiento, sino que lo empuja a probar el vicio de las partidas de mus, el sabor de los besos lascivos sobre un césped, la calidez de la bebida y el animado veneno de otras sustancias perturbadoras de su mente normalmente racional. Esa atractiva bruja incluso le lleva a visitar sitios terriblemente peligrosos, lugares a los que uno vuelve repetidamente cuando ha sentido en sus propias carnes el placer que allí se le ofrece por una cierta cantidad de dinero. Porque, vamos a pensarlo detenidamente, ¿hay algo más difícil que conseguir no entrar en una tienda de discos a escasos metros de tu facultad? Por favor, seamos serios, aceptemos la realidad: la vida del estudiante universitario es un calvario, una penitencia, una constante prueba de su control sobre sí mismo.

Yo no superé dicha prueba. Jamás vencí a la maldita Tentación (es una chica demasiado sexy). A cinco minutos del campus tenía ese sitio pequeñito y acogedor, con sus cassettes, vinilos, CDs… ‘¡Que le den a la Termodinámica!’ pensaba yo. En una de mis muchas tardes ahí metido me enamoré de un compacto con una portada de comic. Era de Siniestro Total. Yo entonces estaba pilladísimo por el “Ante toda mucha calma”, así que no dudé en agenciarme, por unas míseras 600 pesetas, el “Policlínico miserable”.

Porque ese era el disco que acababa de encontrar, definido por Julián Hernández (el miembro fundador del mítico grupo) como “extraño y cabrón”. Y lo es, por eso siempre me ha gustado. Lo primero que llamó mi atención al escucharlo fue no encontrar la voz habitual de sus himnos (“Bailaré sobre tu tumba”, “Miña terra galega” y un millón más). Era el comienzo de una nueva etapa para los gallegos, ya no estaba Miguel Costas, el cantante principal hasta entonces, y el resto de la banda endureció su música. Yo aluciné con las guitarras, el bajo, la batería… porque todo sonaba con mala hostia, con mucha caña. Y además me encantaban las letras de todas las canciones. En la primera Julián no paraba de hacerse esas preguntas que a mí también me atormentaban (“¿soporta el difunto el olor que desprende?”). “España se droga” me recordaba que yo era uno de los muchos jóvenes que estaban echando a perder su vida (pero presten atención, “no me inyecto hachís ni bebo caballo”, ni lo uno ni lo otro sino todo lo contrario). En el “Zombie Paco” describía a esa parte de la sociedad anclada en “Cine de barrio”, mientras que en “Jóvenes, vírgenes y castos” me retrataba a mí, ¡ay!. También aprendí que “Sólo los estúpidos tienen la conciencia tranquila”. En “Respeten nuestro dolor” se burlaba del famoseo que lloraba sus penas en los medios de comunicación. Y, entrando en lo musical, el álbum tenía toques de funky, sonidos pantanosos (“Doctor Juan”) y blues (“Volanteiro cabrón”), por algo estaba grabado en Memphis (al igual que la anterior entrega discográfica “Made in Japan”).

A partir de entonces me volví un fan absoluto de los Siniestro, tanto que llegué a perder mi pelo y llevar gafas de pasta como su líder (eso sí, nunca fui una grupie, ¡mecachis!). Han seguido grabando y no me han defraudado nunca pero este “Policlínico…”, aunque no suele valorarse como lo mejor que tienen, para mí sigue siendo demoledor.

¡Ah!, se me olvidaba. Abandoné la carrera al año siguiente de encontrar la pequeña tienda de discos, la cual dejaría de existir algunos más tarde. ¿Se encuentra aquí la moraleja del cuento? ¿Sí? ¿No? Depende.

 

Félix Franco

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